Con la censura postal y Donald Trump hemos topado, amigos artistas

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Es obligatorio que inicie este artículo con una declaración definitoria de mi actividad como artista: Mis obras no son provocadoras; son provocadas.

Mi arte surge de las tensiones, contradicciones y acontecimientos que ya existen en la sociedad, en la política y en la condición humana. Por eso es un error creer que mi obra busca el escándalo o la confrontación; tan solo refleja, documenta y responde a lo que la realidad me manifiesta.

La reacción del público, de las instituciones o de los sistemas que interactúan con mis producciones no invalida mi intención, sino que la confirma como evidencia de los variados conflictos que intento mostrar a los demás. Por consiguiente, la provocación percibida por el espectador no está en mí como artista: está en la sociedad, en los hechos, en los fenómenos que la obra vuelve conscientes a través de la experiencia estética (o aestética).

En este sentido, cada respuesta personal, organizacional o institucional —insultos, amenazas, censura, resolución administrativa, sentencia judicial, etcétera— forma parte inseparable de los trabajos que realizo, demostrando que el arte, en su más amplio sentido, no solo observa e interpreta lo real y lo aparente (el ser y el no-ser), sino que se expone a ellos, los hace patentes y los registra en su individualidad y globalidad.

En noviembre de 2025 publiqué un nuevo libro titulado «Anthropology and Politics in the Twenty-First Century. Perspectives from Artistic Practice: Empirico-Realism, Moz-Art, and Experimental Visual Anthropology», traducción de la versión en español que vio la luz unos meses antes: «La Antropología y la Política en el siglo XXI. Perspectivas desde la práctica artística: El Empirio-Realismo, el Moz-Art y la Antropologia Visual Experimental», cuya imagen de portada es una fotografía frontal de un desnudo masculino encuadrado entre el pubis y la mitad del muslo, en la cual cubrí el glande del pene con un retrato del actual presidente de los Estados Unidos de América ataviado con su peculiar gorra roja que luce la inscripción USA encima de la visera.

Dado el contenido pluridisciplinar de la obra, la remití por correo certificado a la máxima autoridad de cada uno de los cuatro principales poderes del estado norteamericano; a saber: al presidente del Tribunal Supremo (John G. Roberts), al presidente de la Cámara de Representantes (Mike Johnson), al director del FBI (Kash Patel), y al presidente Donald Trump. También a la sección de cultura de los periódicos The Washington Post y The New York Times, con la petición expresa de que realizasen una reseña. En el exterior de cada sobre adherí, en el lado izquierdo, una impresión de la portada del libro; y en el derecho incorporé un sello postal que reproduce el mural de Julio César, producción de «Street Art» realizada por el artista lucense Diego As, que fue considerado el mejor mural del mundo del año 2021.

Tan solo el último paquete llegó a su destino; los otros cinco fueron devueltos, apenas entraron en la aduana, por la empresa pública Sociedad Estatal de Correos y Telégrafos a mi apartado de correos sito en la oficina principal de esta compañía en la madrileña plaza de Cibeles. Según la notificación encolada en los sobres, la devolución se realizó porque consideraron que eran «envíos que vulneran los derechos individuales», aclarando que la prohibición incluye cualquier objeto o embalaje con dibujos, textos o mensajes que puedan «herir la sensibilidad» de las personas.

Sin embargo, no contenían material ilegal, ni propaganda delictiva, ni documentos con amenazas. Antes al contrario, el anverso constituía una composición artística que forma parte de un proyecto conceptual que yo mismo he creado y definido como «Political Mail Art», una novedosa disciplina que utiliza el sistema postal como espacio de circulación estética y de crítica política.

En verdad, esta pieza de «Political Mail Art» es una alegoría de la metamorfosis que sufren los políticos profesionales durante el proceso de postularse al ejercicio del poder y su posterior desempeño tras haberlo alcanzado. Metamorfosis que es posible gracias al mandato representativo que instituye las democracias liberales, el cual, en contraposición al mandato imperativo, legitima que los políticos electos pasen por alto toda promesa hecha a los ciudadanos para obtener su voto. Lo repetiré en sentido metafórico con palabras que, dado su talante, podrían ser del propio presidente Trump: «La transformación consiste en, siendo un “dickhead”, creerse un “empirehead”». De ahí que en la obra censurada confrontara a los dos personajes históricos que aparecen en ella y la haya titulado «DICKHEAD ≠ EMPIREHEAD»; título que hago público por vez primera en este artículo para mayor información de los lectores.

La expresión «herir la sensibilidad» alegada por Correos de España es extraordinariamente amplia: ¿a qué variedad de sensibilidad hace referencia?, ¿de quién o de quiénes?, ¿con qué criterios objetivos se evalúa? Cuando la limitación de la circulación de una obra artística se fundamenta en la eventual susceptibilidad subjetiva de terceros, el margen para impedir la visibilidad del arte se vuelve cuasi ilimitado.

Ante mi reclamación por esta actuación, la Subdirección General de Régimen Postal confirmó la oportunidad de la devolución, alegando que, de acuerdo con el Convenio Postal Universal, el contenido era «obsceno o inmoral» y que, además, vulnera derechos fundamentales según el Reglamento de servicios postales. No obstante, no identifica ningún derecho concreto quebrantado, no describe dónde reside la supuesta inmoralidad de las imágenes, no explica por qué la obra traspasa el umbral jurídico de obscenidad. Es decir; la resolución de la SGRP se limita a validar el criterio del operador postal sin aportar ninguna prueba que constate sus conclusiones.

Este episodio no es un hecho aislado. Entre las diversas censuras y desconsideraciones hacia mi persona —y hacia mi ininterrumpido, desde la infancia, trabajo y esfuerzo físico, intelectual, económico y formativo— padecidas a lo largo de mi trayectoria como artista y ensayista, cabe destacar dos: En 2011, una exposición de una selección de máximas de mi libro «213 Aforistmos para el siglo veintiuno» ilustradas con imágenes también de mi autoría, fue retirada de la programación oficial de la I Semana de las Letras de la Universidad Complutense, pese a figurar en el catálogo institucional, sin justificación de ninguna clase. Y en 2022, mi canal artístico en YouTube —con cerca de trescientos vídeos de contenido ensayístico y creativo, y más de medio millón de visualizaciones— fue cancelado íntegramente, afectando de manera radical a la difusión de mis producciones como creador e investigador.

Ambos casos y el presente muestran un patrón común: las obras de arte experimental reflexivo y de pensamiento no adocenado no son objeto de análisis y debate crítico, sino de exclusión preventiva basada en categorías groseras, prejuiciosas e inmotivadas. El artista o el pensador que incomodan no son censurados y proscritos por su ilegalidad, ni por su irresponsabilidad social, ni por su carencia de profundidad; lo son por la arbitrariedad de un filtro administrativo, ideológico, pecuniario o algorítmico que protege y defiende intereses espurios; así como por el miedo irracional de los agentes que disponen de capacidad de decisión respecto de la divulgación de sus trabajos.

No estoy reclamando aquí inmunidad para el arte ni para el artista pues bien sé, a fuer de realista, que cuando se vive en sociedad las libertades no son absolutas, aunque no obviaré que las leyes tampoco han de serlo. Por esta razón, en un estado democrático y de derecho los límites a la libertad de expresión y creación artística deben ser excepcionales, motivados y proporcionados. «Herir la sensibilidad» o alegar obscenidad sin demostración clara y evidente no puede ser jamás suficiente para impedir la libre circulación de una obra, la expresión de un pensamiento o la materialización de una manera de interpretar el mundo.

El servicio postal es un dominio de interés general. Cuando decide devolver una pieza artística por su contenido visual, no actúa solo como operador logístico, sino que toma una decisión con implicaciones sobre la libertad cultural. Si el principal criterio que ocupa y preocupa a la totalidad de los poderes públicos, a la gran mayoría de los medios de comunicación y a una relevante proporción de ciudadanos es evitar cualquier posibilidad de ofensa subjetiva y de libertad creativa positiva, lo que se consigue es gestar una cultura domesticada, sin fricción ni pensamiento crítico; que es el motor móvil que hace que las sociedades se perfeccionen y progresen.

Por lo tanto, el retorno de estos envíos no es un incidente menor de paquetería. Es un síntoma de algo más profundo: la normalización de filtros preventivos que limitan el espacio de circulación de las expresiones artísticas y de las ideas. Como constructor de imágenes y de pensamientos, defiendo que la obra pueda viajar y mostrarse no por ego de su autor, sino por el libre albedrío de sus principios creativos. Porque cuando el arte y el pensamiento dejan de circular, de exponerse ante el público, e incluso de producirse por temor a «herir sensibilidades», lo que se erosiona no es el simbolismo de una cubierta de un envío postal: se erosiona la propia libertad cultural de un individuo, de un pueblo, de una nación... ¡de toda la Humanidad!




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